lunes, 16 de agosto de 2010

DALE, DALE... A VER QUE PASA.



Bajo ese cielo de Luna llena Avellanedense, donde lo maravilloso tuvo lugar y el baile, antaño, a ritmo de orquesta cubría el gran salón de la festividad. Donde el sueño no acaba nunca si uno no deja de creer en lo factible que pueda ser.

Bajo Nueve Reinas que gobernaron todos mis sentidos, atrapados por ese sin fin de enredos agradables, trazados con una maestría absoluta por dos pícaros evasivos.

Bajo esa Novia olvidadiza que volvió a lucir engalanada, para enseñarnos la vida desde otro punto de vista. Donde el hombre que parece el más magnánimo del mundo tiene aparición.
Donde ese protagonista volvió a enloquecerme, a provocar que de mi boca saliera otro grito aclamando su extraordinaria capacidad para embaucar.

Bajo la ira de un Niño, donde los siete capitales se concentran en un ser tan pequeño que maduró de forma temprana e incorregible.

Bajo una dictadura militar convertida en Kamchatka, y reflejada en los ojos de un crío que se vería obligado a jugar al afamado escondite.

Bajo una artimaña de Aura lobezna, donde gana el que otorga, y el que otorga lo hizo callando. En una esfera psíquica que recrea toda forma de conciencia humana, donde las obsesiones desequilibran la balanza, y los planos nunca podrán ser trazados a la perfección endiosada.


Bajo unos Ojos que guardan el mayor Secreto de unas vidas condenadas a entenderse. Donde todas las inmundicias del ser humano se encuentran concentradas en un cónclave inaudito. Y una persona cansada de esperar y no hacer nada…

El cine argentino llamó a mi puerta de forma necesaria e irremediable…
Allá los filmes se entienden, se visionan, se realizan, se quieren, se comentan, se leen, se escriben, se admiran, se filman desde otra perspectiva totalmente ajena a lo que conocemos, y es ahí lo enamoradizo del viaje.

El contemplar su filosofía, su forma de amar, convertida en pasión exacerbada. Su temple para dialogar, su capacidad para oír y escuchar, su acento embaucador, igual de tramposo que de adorable, nos transporta a un viaje por La Plata del que deseas nunca volver. Todo pasa en esos instantes, tu vida real es aparcada durante esas horas. No piensas en nada mas que en lo verdaderamente importante que visionas.

Decía un taxista bonaerense, que allá siempre van a saber ponerle la sonrisa a las tempestades, saldra´n del quilombo, pues siempre merodean alguna que otra tormenta por los albores de La Plata. Cuando no es una desgracia es la otra, y así todo queda en un círculo inacabado de sucesos inverosímiles, que rozan casi siempre la más tremenda y gamberra poca vergüenza.

Con el cine argentino me hice hombre. Con ello aprendí infinidades de conocimientos obsoletos hasta entonces. Maduré con “Nueve Reinas”; me conmoví con “El Niño que gritaba puta”; me emocioné con “El Hijo de la Novia”; me exalté con la “Luna de Avellaneda”; baile´ con lobos, y sufrí la mas excitantes de las intrigas con “El Aura”; Lloré con “Kamchatka”; y me maravillé, loco, con “El Secreto de sus Ojos” Transportándome a ese limbo deseado cada vez que dispones de una obra maestra, ante una atenta mirada deseosa de encontrarse con secuencias que siembren el rubor, provocado por una sonrisa tonta incapaz de despojarse del rostro.


Pudiendo remarcar multitudes de obras maestras, me centraré en tales, que en mi vida reciente y no tanto, me han marcado de una manera especial… Teniendo casi en su totalidad un mismo director y un actor por los que siento cierta preferencia desmedida en todos los sentidos. Por si los mas despistados no se han dado cuenta.

No es momento de seguir escribiendo, cállense, centren sus ojos, no pestañeen ni siquiera, escuchad… no oíd. No dejen que otro entretenimiento banal y nimio os aleje de acá. No dejen que el néctar de cualquier dulce o pasa rato os adultere vuestro sabor natural. No se pongan guantes, ni tengan miedo a tocar, palpen sin temblar… Y si no han visionado alguna y/o ninguna de ellas, ¡HACEDLO YA! y dejarse de “pelotudeces”.












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